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“Pero olía la muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia el con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzo a cerrar otra vez los parpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños” (Azulejo 344).
El miedo como parte vital de la naturaleza humana